¿Qué va primero? ¿Los hijos o el marido?
Nov 03, 2026
A mi papá no le gustaban los spaghetti y, aunque era mi comida favorita, mi mamá nunca los cocinaba. A mi papá no le gustaban las visitas, así que, no importaba cuánto insistiera mi hermano, nunca podía invitar a ningún amigo a la casa. A mi papá le gustaba cenar viendo las noticias, así que, cuando llegaba la hora de comer, teníamos que estar todos en silencio para no interrumpirlo, aunque francamente hubiese sido mejor que no estuviéramos, porque nuestra sola presencia ya le arruinaba su ritual de la cena. Sí, tuve un padre malvado y una madre que lo puso siempre primero.
La única vez que vi a mi mamá enfrentarse a él y defendernos a nosotros fue una vez que bajó a cenar, nos vio sentados en la mesa y dijo: “Qué mala suerte tengo, vengo a comer y están ustedes”. Mi mamá se puso furiosa, y la verdad creo que a él le llegaron sus palabras, porque nunca más nos dijo nada por acompañarlo a cenar. Ese día entendí que era muy importante parar a los monstruos, porque, si no, nunca dejan de crecer y lo inundan todo.
Recuerdo una vez, ya adulta, que encaré a mi mamá y le dije que siempre nos había puesto al último. Ella dijo que sí, que lo hizo, porque al final los hijos se van y el marido se queda. Efectivamente, ahí está ahora, sola en una casa a la que ninguno de sus hijos puede entrar. Cuando crecí me prometí hacerlo distinto.
Decidí que siempre iba a poner las necesidades de mis hijos primero y que mi marido, al ser un hombre adulto, tendría que entender que ellos eran lo más importante. Crecí pensándolo y así lo hice. Nacieron mis hijos y, poco a poco, empezó a relegarse el trono.
Primero lo saqué de la cama y, en su lugar, puse a cada uno de mis hijos. Por mucho tiempo lo alejé de mi cuerpo, porque sentía que le pertenecía a ellos. Durante años evitamos al máximo las salidas, las citas, los panoramas que no incluyeran niños. Por ningún motivo iba a dejarlos al cuidado de otros si eso involucraba que lloraran o me echaran de menos.
Hasta que un día vi a mi familia totalmente dividida: en el centro, unos niños actuando de sol y nosotros dos planetas girando a su alrededor. El problema es que los niños no tienen, ni deben tener, la responsabilidad de ser el motor de ningún matrimonio. Ellos vienen a ser guiados, no a guiarnos. Y aunque su luz es tan fuerte que lo ilumina todo, al final del día siempre llega la noche y quedamos solo nosotros dos.
Me di cuenta de que había caído en el extremo opuesto. Ahora, todos los días se comían spaghetti, los amiguitos llenaban la casa y se pedía silencio a los adultos para escuchar a los niños… y otra vez me sentía relegada. Olvidada por una madre, solo que esta vez la madre era yo, poniéndome a mí misma en segundo lugar para siempre.
Ese es el verdadero problema de los patrones: creemos que los hemos roto, pero si no los trabajamos, vuelven disfrazados, con nuevas formas y colores, aunque sean lo mismo. Y yo seguía ocupando el último lugar, porque ahí fue donde me enseñaron que pertenecía.
Es cierto, los hijos se van, son prestados. Pero también es cierto que la mitad de los matrimonios terminan en divorcio y la mitad de los que sobreviven probablemente estarían mejor separados. Ahí me di cuenta que no había nada certero, que al final del camino solo me tenía a mí misma.
Ni tu marido ni tus hijos son las estrellas más importantes de tu galaxia. Eres tú. Tú eres el sol y cada uno de los planetas son tus distintas facetas, y deberás girar e iluminar cada una de ellas. Eres mujer, eres madre y esposa.
Algunas veces tu planeta madre será el más grande, pero otras veces deberás trasladarte al planeta mujer, y así. Me costó entenderlo, pero al final descubrí que amar a mis hijos no significa olvidarme de mí, y amar a mi marido no significa desaparecer.
Entendí que la única forma de amarlos era poniéndome a mí en el centro, que la primera en mi lista siempre debo ser yo. Porque, cuando mamá brilla, todos a su alrededor también lo hacen.
Te invito a mirarte con honestidad: ¿a quién has puesto en el centro de tu galaxia? Si no eres tú, quizás hoy sea el momento de volver a ocupar ese lugar.
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