Nunca seré la mamá de tres
Oct 16, 2026
En enero del año pasado decidimos tener un tercer hijo. En marzo compramos un auto nuevo, uno de tres corridas de asientos, donde pudieran entrar perfectamente tres sillas de auto. Donde pudiéramos viajar con la abuela, nuestros dos hijos y nuestro nuevo bebé.
En mayo construimos una nueva habitación en el departamento, para tener más espacio y que los tres pudieran dormir cómodos. Cambiamos a nuestros hijos de colegio, a uno donde el tercero tenía un 50 % de descuento y era mucho más factible pagar su educación. Me empleé en un trabajo formal para así cotizar y poder tomarme el posnatal como corresponde.
Todo estaba listo.
Me compré tests de ovulación. Dieron positivo, pero, cuando llegó el momento de ponernos en campaña, algo me frenó: “Mejor esperar un poco. Ha sido un año con muchos cambios”.
Pasaban los meses y la cosa no se ponía más fácil: se ponía peor. Las peleas con mi marido eran constantes, mi paciencia era inexistente, la presión laboral me estaba volviendo loca, Federico hacía cien pataletas por minuto y, poco a poco, la imagen de la tercera sillita en el auto se fue desvaneciendo.
Mi boca decía que quería tener otro hijo, pero mis actitudes decían otra cosa. Cuando a Federico le quedaba chica la ropa o dejaba de usar sus juguetes, no los guardaba con ilusión para el próximo: los regalaba rápidamente, con desesperación por hacer espacio en la casa.
Con mi marido empezamos terapia de pareja. Las peleas eran constantes y sentí miedo de perderlo todo. En ese momento me pregunté: si no puedo sostener ni mi relación de pareja, ¿cómo pretendo sostener una nueva vida?
Cuando me preguntaban para cuándo el tercero, siempre decía que lo estábamos pensando; culpaba a la economía o decía que estábamos ahorrando. Hasta que un día, en medio de la rutina nocturna, llegando apenas a servir la cena con energía, me dije: no puedo.
No es que no me alcance el dinero; no me alcanza la paciencia, la entrega, las horas del día. No me da el cuerpo para sostener otra vida, con todo lo que eso significa, y me da pena admitirlo. Me hace sentir como si yo misma fuera el único obstáculo para tener esa familia grande con la que sueño.
Amo a mis hijos y ser mamá es lo mejor que me ha pasado. Volvería a elegir esta vida mil millones de veces, pero estoy tan cansada que me cuesta creer que es verdad eso que estoy diciendo.
Necesito hablar de corrido sin ser interrumpida, comer sin tener que limpiar un trasero cagado a la mitad de mi comida, dormir hasta tarde un domingo. Necesito dejar de tener este miedo constante de que algo malo les pueda pasar y dejar de sentir esta culpa perenne de que algo estoy haciendo mal.
Culpa por la mamá que soy y por la mamá que no me dio para ser, porque, aunque lo quería, no pude ser la mamá de tres.
Pasaron poco a poco los meses de ese año, como si yo esperara una condena que ya conocía. Luego de meses de terapia, logramos fortalecer nuestro matrimonio, los terribles dos años de Federico se empezaron a apaciguar y, mágicamente, empezaron a despertar más tarde los domingos. Y entonces, en lugar de sentir un vacío en mi útero y unas ganas irracionales de volver a empezar, sentí ganas de disfrutar, sin querer más.
Hasta que finalmente tomamos la decisión. El nueve de diciembre, a las tres de la tarde, mi marido ingresó al pabellón y se hizo una vasectomía.
Yo quería ser la mamá de tres. Me veo a mí misma persiguiéndolos en el parque y me duele el corazón pensar que no pude, que no logré ser esa que me imaginé siendo. “En otra vida”, me digo a mí misma, consolándome a veces.
Entonces, como por arte de magia, empiezan a aparecer los embarazos en mi Instagram. Las mamás de tres, cuatro, cinco hijos que lo sostienen todo. “Ellas tienen dinero, red de apoyo, no trabajan”, me digo para consolarme. ¿Pero será realmente así? Quizás no. Quizás ellas simplemente pueden.
Pero hay algo que sí es cierto: tests de embarazo positivos vemos; madres colapsadas, no sabemos.
Yo pude ser mamá de nuevo. Pero no quería ser la mamá sin paciencia. No quería tener que elegir entre cuidarlos a ellos o cuidarme a mí. No me veía sosteniendo pataletas por otros tres años y teniendo paciencia suficiente para acompañar la adolescencia de Facu, todo eso con cuarenta años.
No puedo evitar preguntarme: ¿realmente existe eso de la suficiente paciencia? ¿Será que esas mamás de Instagram logran el estándar que me estoy imaginando? ¿Realmente soy una mejor versión de mamá si solo cuido a dos?
Yo pude ser mamá de nuevo. Elegí no serlo, pero no me basta con eso. Tengo tan interiorizada la idea de que una mamá puede con todo que para siempre me veré a mí misma como un fracaso por no haber podido con otro.
Me gustaría decirte que tiene cura este sentimiento, que un día me sentiré suficiente y dejaré de compararme con esa mamá que no existe. Pero no tengo respuesta. Simplemente acepté que no puedo ser la mamá que quiero ser y, además, ser la mamá de tres.
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