Educación · Infancia · Opinión

La academia puede esperar. Su infancia no.

Durante años pensé que odiaba estudiar. Después entendí que quizás nunca odié aprender: odiaba la forma en que me habían enseñado.


Tras la reja de metal me esperaba el inspector todos los días.

Revisaba que mi falda no estuviera dos dedos por encima de la rodilla, que mis uñas no estuvieran pintadas y que me presentara bien peinada.

Cuando entraba un hombre, le revisaba la corbata. Y si el pelo le sobrepasaba las orejas, lo devolvían a la casa hasta que se lo cortara.

Cuando finalmente lograba pasar la inspección, corría a mi pupitre y me sentaba.

Hacía como que escuchaba, pero en realidad esperaba el sonido de la campana para correr al patio de cemento e intentar jugar con mis zapatos de charol, rezando para que no se ensuciaran.

Quince minutos. Apreciados quince minutos en los que sentía que podía mirar hacia afuera de la jaula.

Esa jaula de cemento era mi colegio.

Había alrededor de 45 alumnos por curso, hacinados en salas oscuras, con profesores intentando enseñarles a niños que, como yo, poco a poco habían ido perdiendo las ganas de aprender.

La escuela, ese lugar al que supuestamente iba a aprender, terminó convirtiéndose en uno de los lugares donde menos ganas tenía de hacerlo.

No recuerdo el momento exacto en que perdí la curiosidad.

No sé cuándo dejé de hacer preguntas.

Solo recuerdo que durante muchos años aprender dejó de ser algo que hacía porque quería saber y se convirtió en algo que hacía porque después alguien iba a evaluarme.

Y durante mucho tiempo pensé que el problema era yo.

Después tuve hijos

Cuando me convertí en madre apareció un miedo que no esperaba.

El colegio.

Me angustiaba imaginar reuniones de padres, tareas para la casa, pruebas, uniformes y a mis hijos contando los años que faltaban para salir, como había hecho yo.

No quería que pasaran doce años esperando que sonara una campana.

Así que empecé a investigar.

Y descubrí algo que probablemente debería haber sabido mucho antes:

La escuela no tiene una sola forma.

Existen otras maneras de entender la educación.

Otras formas de organizar el día.

Otras ideas sobre cuándo aprender a leer, para qué sirve una nota, qué significa jugar y cuánto de la infancia estamos dispuestos a sacrificar en nombre de “prepararlos para el futuro”.

Entre las distintas alternativas que conocimos, nosotros elegimos Waldorf.

No porque crea que sea la educación perfecta.

No creo que exista una.

La elegimos porque, entre las opciones que teníamos, se parecía mucho más a la infancia que queríamos para nuestros hijos.

¿Qué tiene de diferente?

La pedagogía Waldorf entiende el desarrollo en distintas etapas y durante los primeros años da un espacio enorme al juego, la imaginación, el movimiento, las historias, el arte y el contacto con el mundo real.

El aprendizaje académico formal llega de manera más gradual.

En el colegio de mis hijos eso se traduce en cosas que para algunas personas pueden resultar muy extrañas.

No tienen pruebas ni notas.

No saben quién sacó un 7, quién sacó un 5 ni quién es “el mejor del curso”.

Aprenden a tejer, coser, cocinar, sembrar y trabajar con sus manos.

El arte no aparece solamente en la clase de arte. Atraviesa buena parte de lo que aprenden.

Las historias, los dibujos, las fábulas y la imaginación son parte de la manera en que se presentan muchos contenidos.

Y sí: aprenden a leer y escribir más tarde de lo que estamos acostumbrados a esperar.

Además, nuestro colegio no tiene reconocimiento oficial del Ministerio de Educación, por lo que eventualmente los niños deben rendir exámenes libres y el colegio los prepara para ello cuando corresponde.

Sé perfectamente que algunas de estas cosas pueden sonar rarísimas.

A mí también me obligaron a cuestionar muchas ideas que había dado por ciertas toda mi vida.

A veces también me da miedo

No quiero pintar una postal perfecta de nuestra decisión.

A veces me preocupo.

A veces aparece esa vocecita que pregunta:

“¿Y si va atrasado?”

Sobre todo cuando veo a otros niños de su edad leyendo, escribiendo o avanzando académicamente más rápido.

Entonces intento detenerme y hacerme otra pregunta:

¿Atrasado respecto de qué?

¿En qué momento decidimos que la infancia era una carrera?

¿Importa tanto si un niño aprende a leer a los cinco, a los seis o a los siete años?

¿Llegar antes significa necesariamente llegar mejor?

No tengo todas esas respuestas.

Pero sí sé algo.

Mi patio era de cemento. El suyo está lleno de árboles.

Cada vez que voy a dejarlos al colegio hay una imagen que inevitablemente vuelve a mi cabeza.

Mi patio de cemento.

Y después miro el suyo.

Hay árboles para trepar.

Tierra.

Huertos.

Espacio para correr.

Manos que vuelven manchadas.

Cosas que construyeron.

Historias que quieren contarme.

Los veo entusiasmarse porque aprendieron algo nuevo por el simple placer de haberlo descubierto, no porque haya una prueba a fin de mes.

Y pienso en la niña de zapatos de charol que esperaba desesperadamente esos quince minutos de recreo.

Quizás por eso, cuando tengo que elegir entre que mis hijos aprendan algo antes o que tengan un poco más de tiempo para seguir siendo niños, hoy sé cuál de las dos cosas pesa más para mí.

No estoy tratando de convencerte de elegir Waldorf

No sé cuál es tu situación.

Quizás tu hijo todavía es un bebé y nunca has pensado en esto.

Quizás estás buscando colegio.

Quizás encontraste uno tradicional que amas.

Quizás no tienes alternativas cerca.

Quizás Waldorf sería exactamente lo contrario de lo que quieres para tu familia.

Y está bien.

No escribí esto para convencerte de sacar a tus hijos del colegio ni para decirte que existe una metodología superior a todas las demás.

Lo escribí porque durante mucho tiempo yo ni siquiera sabía que podía hacerme estas preguntas.

Pensaba que había una sola manera de ir al colegio porque era la única que conocía.

Hoy pienso diferente.

Creo que vale la pena preguntarnos qué queremos que nuestros hijos recuerden de esos años.

Qué significa para nosotros una buena educación.

Cuánto valor le damos al juego.

A la curiosidad.

A aprender con las manos.

A aburrirse.

A crear.

A tener tiempo.

Y también vale la pena preguntarnos cuánto de lo que elegimos lo elegimos realmente y cuánto lo hacemos simplemente porque “siempre se ha hecho así”.

Yo todavía tengo dudas.

Probablemente las tendré muchas veces.

Pero cuando aparece el miedo de que mis hijos estén avanzando demasiado lento, intento recordar algo:

La academia no se va a ir a ninguna parte.

Habrá tiempo para leer.
Para estudiar.
Para rendir pruebas.
Para aprender fórmulas.
Para prepararse para una carrera, si algún día eso es lo que quieren.

Pero hay algo que no podremos retomar después.

Su infancia.

Y entre llegar antes y dejarlos vivirla un poco más despacio, por ahora elijo lo segundo.